TIEMPOS DE AÑORANZA
- Catalina Perez Jaimes

- 6 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Quién iba a pensar en aquellas épocas de nuestra infancia, que los cuentos de nuestros abuelos, que las historias que leíamos en clase en las asignaturas de literatura e historia, con el tiempo las íbamos a vivir porque se convertirían nuevamente en realidad.
Mis nonos (léase abuelos), no los alcancé a conocer personalmente, pero nunca lo he sentido así porque siempre están en mi diario vivir gracias a que mis tías y mi mamá, han hecho un gran trabajo teniéndolos presentes, nunca ausentes en nuestro permanente acontecer familiar.
Y todos esos cuentos e historias, su forma de ser, su momento histórico de vida por causa de las luchas políticas entre los rojos y azules de esa época de mitad del siglo XX de la cual tuvieron que escapar de la caliente y esplendorosa ciudad de Cúcuta con destino a la ciudad de Bogotá, vienen a mi memoria en esta época de cuarentena cuando el mundo ha dicho “basta” y expulsó a la sociedad contemporánea de su falsa zona de confort, le prohibió los besos, los abrazos y está a punto de hacer que la economía de varios países del mundo colapse. Es como si muchas de esas historias y cuentos que escuché en mi infancia se repitiesen.
Yo tengo raíces norte santandereanas, al igual que vallecaucanas, bogotanas y ahora cafeteras lugar este último donde me encuentro escribiendo estas notas de añoranzas recordando aquellas épocas en las que no coloque mi total atención, cuando una historia contada por alguna de mis tías en la mesa de la cocina de alguna de ellas compartiendo un rico manjar se convertiria con el tiempo en un tesoro fundamental.
Tiempos aquellos que lamento profundamente no haber tomado nota, cuando mi tía Corina (la hermana mayor de 10), me enseñaba sus recetas de cocina italiana, mientras me contaba sus viajes por el mundo y yo ojeaba esos libros donde ella anotó todas sus anécdotas y recetas de la cocina italiana e internacional (no soy tan bobita, los conservo aún completos y en perfecto estado).
Hoy amanecí nostálgica, añorando una reunión familiar, un abrazo (a los cuales huyo muchas veces), extrañando la comida de mi prima Jeanneth los 24 de diciembre, siempre era pernil de cerdo, arroz con Coca-Cola y papas postizas; los pasteles de yuca con ají de mi “mama” Conchita; la pasta boloñesa de mi tía Corina o el queso con bocadillo caliente en microondas de mi prima Brigitte; aquí me puedo quedar contándoles cuantas maravillas elaboradas y otras no, pero que hoy daría mucho por volverlas a saborear.
Creo que esta época de aislamiento nos está mostrando a la humanidad, que en ciertos momentos si hay que ganarle al tiempo, pero no hay que sacrificarlo.
Hoy todos estamos en el mismo estado de reflexión, de cambio, de aprendizaje y analizando que es lo prioritario en nosotros, al fin y al cabo, nada material nos llevamos, en cambio sí podemos dejar huella y ayudar a impactar a los demás.
Espero y anhelo que mi huella, no solo en mis hijas y en las personas que me rodean, si no en ti también, sea de positivismo, de una sonrisa que nunca te negué, de un hombro y de un aroma en la cocina, que te conlleve a un momento de felicidad, porque así es la vida, solo momentos que hay que saber disfrutar.
Te mando un fuerte abrazo.
Catalina Verónica Pérez Jaimes





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